CIÉNAGA GRANDE-SANTA MARTA.
La ciénaga grande de Santa Marta es un complejo de humedales costeros de cerca de 5.000 kilómetros cuadrados. Su importancia ecológica ha sido reconocida mediante la declaratoria de dos Parques Nacionales en su interior, la designación como sitio Ramsar (una categoría de protección internacional) y como reserva del hombre y la biósfera por la Unesco. Pero todos estos títulos no han evitado que hoy esté a punto de naufragar por cuenta de la ganadería, la agricultura y las obras de infraestructura
Según Ahmed, la debacle comenzó hacia 1955, cuando se construyó la vía entre el municipio de Ciénaga y Barranquilla bordeando la estrecha franja de tierra que separa el humedal del océano Atlántico. “Esa carretera se hizo mal porque taponó la entrada de agua salada. Desde ahí empezó a decaer la ciénaga, y la muerte de los manglares y peces que nacen en ellos”.
Según la ecóloga Sandra Vilardy, quien por años ha estudiado ese ecosistema desde la Universidad del Magdalena, los cálculos del Instituto de Investigaciones Marinas (Invemar) indican que entre 1956 y 1990 la ciénaga pasó de tener 50.000 hectáreas de bosques de manglar a menos de 30.000. Ahmed recuerda muy bien la magnitud de la situación porque sus ojos vieron “la mortandad de peces más grande de la historia”. Esa primera alerta llevó a que el gobierno de la época pusiera su atención en la ciénaga e iniciara las gestiones para prote.gerla mediante las figuras hoy ostenta.
Sin embargo, al interior de ella se comenzaba a profundizar la crisis. Más que del agua salada, la vida de la ciénaga depende del alimento que recibe de los ríos que bajan de la Sierra Nevada de Santa Marta y de los caños que transportan el que provee el río Magdalena. Esta delicada interrelación se descompuso a instancias del acaparamiento de tierras y la desviación y la captación de los caudales para regar pastos y cultivos de palma, arroz y banano.
Mientras navega lentamente por el complejo de Pajarales, Ahmed señala el punto exacto en el que en septiembre de 2016 vio flotar nuevamente varias toneladas de pescados muertos en la superficie de la ciénaga. Luego añade que en ese año se perdieron 2.700 hectáreas de manglar. Y para comprobarlo, dirige su índice hacia los límites del agua, donde parches de bosque de color café, que contrastan con el verde característico, le sirven aún de testigo de su testimonio.
Aún si no contara con ese apoyo, archivos de medios de comunicación de esa época lo ratificarían, pues documentan que la catástrofe ambiental llevó a que el Ministerio de Ambiente pidiera la declaratoria de calamidad pública para atender la emergencia y que posteriormente se destrabaran varios kilómetros de diques que se habían construido de forma ilegal, principalmente en el río Aracataca, para robarle el agua a la ciénaga.

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